Esta noche, sentados frente a frente, quiero decirte tantas cosas...
pero te confieso la verdad: tengo miedo.
No sé cómo hablarte, no sé cómo acercarme.
Te veo tan distante, tan altivo, tan lejano...
A veces siento que no te conozco.
A veces siento que no eres quien creo.
Mírame, papá, mírame y dime si tú me conoces.
No te estoy reclamando...
No me grites, por favor. No... no te vayas.
Quiero hablarte... solo esta noche, de corazón.
No quiero discutir. Estoy cansada, ¿sabes?
Muy cansada de todo esto.
No sé si hago bien o mal, pues nunca me lo dijiste.
Siempre estabas ahí, pero en realidad nunca te vi,
nunca te oí, nunca te entendí.
Te quiero agradecer por todo lo que me diste,
por haberme dejado nacer... por haberme ayudado a crecer,
aunque solo lo hayas hecho materialmente...
No me grites, por favor. ¡No me grites, no te vayas!
Papá... qué palabra tan bonita, ¿verdad?
Cuatro letras, un gran significado.
Dicen que lo primero que dicen los bebés es “papá”.
Dime... ¿fue lo que dije yo? Espero que sí.
Papá, te amo tanto y nunca te lo dije,
y creo que nunca lo haré. No en persona...
ya lo intenté... ¿Lo olvidaste?
Aquellas cartas que te di...
¡Ja! Pero no las leíste, ¿verdad?
No, no las leíste, porque vi cuando las rompiste y al suelo las echaste.
Pero no te reclamo nada...
Te agradezco, te agradezco y te quiero tanto,
porque tú me enseñaste.
Sí, escucha bien: me enseñaste a ser fuerte,
y a no necesitar de nadie para salir adelante.
Me enseñaste que lo material poco puede importar,
me enseñaste a sonreír cuando quería llorar.
Me enseñaste tantas cosas, papá, y tú ni cuenta te diste...
Perdón por haber falsificado esa firma en inicial...
fue la única vez que me pegaste.
No sé si fue malo o bueno...
O no, espera, sí, también lo hiciste aquel día.
Cómo olvidarlo, ¿verdad?
Las verdades duelen, lo sé, pero no lo nombraré...
¿Estás cansado?
Sí, ya lo sé.
Perdón por haberte llamado en mi patética imaginación,
perdón por haberte nombrado siquiera en estas tristes letras...
No puedo asegurar que no volverá a pasar,
pues hay tantas cosas que quiero olvidar... recordar...
Te amo, y aun así, pase lo que pase,
seguirás siendo mi superhéroe como cuando era niña.
¿Recuerdas?
¡Bah! Qué importa ya...
Gracias, papito, por estar esta noche conmigo,
porque yo sé que estás aquí,
aunque en realidad estés tan lejos de mí...
Tu hija...
no la mejor...
no la peor...
simplemente yo.
pero te confieso la verdad: tengo miedo.
No sé cómo hablarte, no sé cómo acercarme.
Te veo tan distante, tan altivo, tan lejano...
A veces siento que no te conozco.
A veces siento que no eres quien creo.
Mírame, papá, mírame y dime si tú me conoces.
No te estoy reclamando...
No me grites, por favor. No... no te vayas.
Quiero hablarte... solo esta noche, de corazón.
No quiero discutir. Estoy cansada, ¿sabes?
Muy cansada de todo esto.
No sé si hago bien o mal, pues nunca me lo dijiste.
Siempre estabas ahí, pero en realidad nunca te vi,
nunca te oí, nunca te entendí.
Te quiero agradecer por todo lo que me diste,
por haberme dejado nacer... por haberme ayudado a crecer,
aunque solo lo hayas hecho materialmente...
No me grites, por favor. ¡No me grites, no te vayas!
Papá... qué palabra tan bonita, ¿verdad?
Cuatro letras, un gran significado.
Dicen que lo primero que dicen los bebés es “papá”.
Dime... ¿fue lo que dije yo? Espero que sí.
Papá, te amo tanto y nunca te lo dije,
y creo que nunca lo haré. No en persona...
ya lo intenté... ¿Lo olvidaste?
Aquellas cartas que te di...
¡Ja! Pero no las leíste, ¿verdad?
No, no las leíste, porque vi cuando las rompiste y al suelo las echaste.
Pero no te reclamo nada...
Te agradezco, te agradezco y te quiero tanto,
porque tú me enseñaste.
Sí, escucha bien: me enseñaste a ser fuerte,
y a no necesitar de nadie para salir adelante.
Me enseñaste que lo material poco puede importar,
me enseñaste a sonreír cuando quería llorar.
Me enseñaste tantas cosas, papá, y tú ni cuenta te diste...
Perdón por haber falsificado esa firma en inicial...
fue la única vez que me pegaste.
No sé si fue malo o bueno...
O no, espera, sí, también lo hiciste aquel día.
Cómo olvidarlo, ¿verdad?
Las verdades duelen, lo sé, pero no lo nombraré...
¿Estás cansado?
Sí, ya lo sé.
Perdón por haberte llamado en mi patética imaginación,
perdón por haberte nombrado siquiera en estas tristes letras...
No puedo asegurar que no volverá a pasar,
pues hay tantas cosas que quiero olvidar... recordar...
Te amo, y aun así, pase lo que pase,
seguirás siendo mi superhéroe como cuando era niña.
¿Recuerdas?
¡Bah! Qué importa ya...
Gracias, papito, por estar esta noche conmigo,
porque yo sé que estás aquí,
aunque en realidad estés tan lejos de mí...
Tu hija...
no la mejor...
no la peor...
simplemente yo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario