Estamos felices un día, creyendo que todo tiene rumbo, que todo encaja.
Y al siguiente, algo se rompe.
Un golpe, un giro, una noticia que nos deja sin aire.
Y así, de pronto, la vida nos recuerda lo pequeños y frágiles que somos.
Como si nos dijera: “No te olvides que todo esto es tan real como fugaz”.
Entonces una se queda ahí... tratando de entender, de sostener, de no caerse.
Los recuerdos nos invaden, nos envuelven en mantos de tristeza y nostalgia.
Nos hacen sonreír, sí, pero también llorar…
Llorar por aquello que fue, por aquellos que fueron.
Y de nada sirve luchar contra eso.
De nada sirve creerse superior, porque al final todos terminamos igual.
Las enfermedades y la muerte no distinguen clase social, no tienen piedad:
ellas arrebatan sin mirar.
Así me arrebataron a mis dos ángeles: mi hermana y mi papá.
Los vi luchar hasta el final.
Solo podía llorar.
No podía hacer nada por remediarlo.
Qué impotencia… qué injusticia… qué dolor.
Y ahora, una vez más, la vida pone otra prueba.
La abuelita de mi infancia se me va…
La veo en esa cama, sin poderse mover.
La veo perdida, confundida, agotada.
Y yo ya no sé qué esperar…
Es que el tiempo, la vida y Dios —a veces— se sienten tan injustos.
O quizás ese sea mi sentir por tanto pesar.
Solo me queda llorar en silencio.